lunes, marzo 23

Martha Herrera González ha forjado una trayectoria donde la responsabilidad social y la visión estratégica convergen para transformar realidades. Egresada de Relaciones Internacionales por la Universidad de Monterrey, su formación académica se extiende a maestrías en Ciencia Política por la Universidad McGill y en Negocios Multinacionales por la Universidad Adolfo Ibáñez y la Deusto School of Business, además de estudios de posgrado en Stanford e INSEAD.  

Su experiencia no es solo teórica; durante años lideró el impacto social global en CEMEX y presidió el Pacto Mundial de las Naciones Unidas en México. Reconocida por Forbes como una de las mentes más sostenibles del país, hoy vuelca toda esa experiencia en el servicio público como titular de la Secretaría de Igualdad e Inclusión de Nuevo León, donde coordina el Gabinete de Igualdad para Todas las Personas. 

En el marco del mes de la mujer, Herrera reflexiona sobre lo que implica encabezar esta agenda en un momento clave para la historia de México. Para ella, el liderazgo actual trasciende la ocupación de espacios; se trata de una reconfiguración profunda de las estructuras de poder para poner la vida y la dignidad en el centro.

Ejercer hoy un liderazgo público desde esta secretaría significa asumir que la igualdad y la inclusión son el corazón del modelo de desarrollo que queremos construir. Durante siglos, las mujeres hemos luchado por estar en la mesa de toma de decisiones. Hoy ocupamos algunos espacios, pero el verdadero desafío no es solo llegar, sino transformar la conversación. 

Liderar en este momento histórico exige lo que llamo un liderazgo con alma: uno que combina técnica con sensibilidad, datos con propósito, visión estratégica con cercanía humana. No se trata de gobernar desde el poder, sino desde la coherencia, desde la influencia consciente, desde poner a las personas en el centro de cada decisión. Las mujeres hemos demostrado que la empatía no es debilidad: es inteligencia social. Que escuchar también es gobernar. Que cuidar es una forma de ejercer poder transformador”. 

Actualmente la sostenibilidad ambiental y social se entrelazan como pilares del desarrollo global, en donde el liderazgo transformador emerge como herramienta esencial para reconfigurar sistemas económicos y productivos; y especialmente a través de la visión de las mujeres, que han demostrado ser más afines en sectores como la energía renovable y la electromovilidad, se requiere un enfoque inclusivo que integre perspectivas diversas para maximizar el impacto.

Este paradigma no solo impulsa la innovación tecnológica, sino que fortalece la resiliencia ante desafíos climáticos y desigualdades persistentes, posicionando a las mujeres en roles estratégicos como catalizadoras de cambio sistémico. 

Hoy, este liderazgo implica reconocer que la desigualdad estructural sigue marcando el destino de millones de personas. Si no intervenimos desde una política pública transversal, seguiremos heredando brechas. Por eso insisto: ‘no es sostenible no ser sostenible’. Mantener sistemas que excluyen a las mujeres o invisibilizan los cuidados pone en riesgo la estabilidad del futuro.  

Cuando una mujer llega a un espacio de decisión, no llega sola: llega con la responsabilidad de abrir camino para muchas más. Ese es el liderazgo que practico: uno que combina firmeza y compasión, estructura y transformación, visión de largo plazo y acción concreta”. 

Autoridad desde la agenda social 

A menudo, la política social se percibe como ajena a los indicadores económicos tradicionales. Sin embargo, Herrera sostiene que la autoridad moral y técnica se construye al demostrar que la inclusión es el motor de la competitividad. Su visión integra los derechos humanos no como un accesorio, sino como la base de una economía resiliente y productiva. 

Se construye entendiendo que el desarrollo económico y el desarrollo social no compiten, se potencian. Mi experiencia en el sector privado me enseñó que cuando la dimensión social se integra estratégicamente, los resultados se reflejan no solo en bienestar, sino también en competitividad, resiliencia y crecimiento sostenible. Descubrí que la sostenibilidad no es periférica, es estructural”. 

Así, en los últimos años, el debate sobre desarrollo económico ha evolucionado hacia una comprensión más amplia de la competitividad, donde la inclusión social deja de ser un componente más y se convierte en un eje estratégico.  

En entidades con fuerte dinamismo industrial como Nuevo León, la articulación entre crecimiento económico y bienestar social representa uno de los mayores retos de política pública. Bajo esta lógica, la Secretaría de Igualdad e Inclusión ha buscado posicionar la política social no solo como mecanismo de asistencia, sino como palanca de desarrollo estructural. 

Esa visión la llevé al servicio público, impulsando una política social integral, centrada en las personas, con enfoque de derechos humanos y desarrollo de capacidades. Porque una sociedad que excluye debilita su propia base productiva, mientras que una que amplía oportunidades genera crecimiento más sólido y sostenible.  

El modelo Nuevo León combina una política económica fuerte con una política social que pone a las personas y sus derechos en el centro. La inclusión no es un costo: es una inversión en estabilidad y futuro”. 

Cambio climático y brechas estructurales: una agenda inseparable 

En la conversación pública, el cambio climático suele abordarse desde variables ambientales, energéticas o tecnológicas. Sin embargo, sus efectos no se distribuyen de manera uniforme. Las emergencias climáticas impactan con mayor severidad a quienes ya enfrentan condiciones de vulnerabilidad estructural. Para la entrevistada, comprender esta dimensión social es indispensable para diseñar respuestas verdaderamente transformadoras. 

En este sentido, Martha Herrera advierte que los fenómenos climáticos extremos, la escasez de recursos y las crisis ambientales no se presentan en un terreno neutro, sino en sociedades marcadas por profundas asimetrías económicas y sociales. Desde su perspectiva, cualquier análisis que omita este contexto corre el riesgo de simplificar un problema que es, en esencia, multidimensional. 

El cambio climático amplifica las desigualdades que ya existen. Las crisis no impactan en vacío: golpean sobre estructuras marcadas por brechas económicas, de género y de poder. Quienes menos han contribuido a la crisis climática son quienes más la padecen: mujeres cuidadoras, comunidades rurales, personas en pobreza o sin acceso a servicios básicos. Por eso, la justicia ambiental y la justicia social son inseparables. 

Hablar de sostenibilidad sin hablar de desigualdad es dejar fuera la mitad de la historia. Ambas problemáticas comparten una raíz: sistemas que concentran beneficios y distribuyen desigualmente los riesgos. El feminismo y la sostenibilidad convergen porque ambos cuestionan esas estructuras históricas. No hay transición verde posible si no es también una transición justa”. 

Bajo esta perspectiva, la crisis climática no es un fenómeno neutral; actúa como un amplificador de las brechas sociales ya existentes. En Nuevo León, la vulnerabilidad ambiental tiene rostros específicos: mujeres, infancias y comunidades rurales que enfrentan el mayor peso de las emergencias. Herrera enfatiza que no existe una transición verde que sea legítima si no es, al mismo tiempo, una transición  

La vulnerabilidad climática tiene rostro: tiene rostro de mujer, de infancia, de personas mayores, de comunidades rurales y migrantes. Las mujeres jefas de familia son quienes sostienen la vida cotidiana frente a las crisis: garantizan agua, alimentos y cuidados. Cuando ocurre una emergencia, esa carga se multiplica.  

Por eso, la sostenibilidad no puede tratarse como un eje aislado. La estamos integrando transversalmente en programas de vivienda, empleo, seguridad alimentaria y, de manera especial, en el Sistema Estatal de Cuidados. Fortalecer el sistema de cuidados también es una política de resiliencia. Una comunidad que cuida es una comunidad que resiste mejor. La cohesión social es la primera línea de defensa ante cualquier crisis. 

No puede haber sostenibilidad sin justicia. La sostenibilidad auténtica es una definición ética del desarrollo: implica preguntarnos quién participa en los beneficios del crecimiento y quién asume los costos. Si la transición energética o la innovación verde no incluyen a las mujeres, a las comunidades vulnerables o a los trabajadores informales, estaremos construyendo un futuro desigual. 

La congruencia es el punto de partida. No podemos hablar de cuidar el planeta mientras normalizamos exclusiones estructurales. La sostenibilidad integral no solo busca eficiencia, busca dignidad. Sin dignidad humana, ningún desarrollo se sostiene”. 

Economía circular como palanca de desarrollo 

Siguiendo esta lógica, la economía circular emerge como una oportunidad inédita para el crecimiento, la inclusión y hasta la movilidad social. No se trata solo de gestionar residuos o mejorar procesos industriales, sino de rediseñar quién participa en la economía para abrir puertas a grupos históricamente marginados, transformando la precariedad en trayectorias de desarrollo. 

La economía circular puede redefinir la manera en que distribuimos oportunidades. Si se diseña con enfoque de inclusión, puede convertirse en una plataforma de autonomía económica, especialmente para mujeres, jóvenes y comunidades marginadas. 

Cuando incorporamos cadenas de suministro inclusivas, capacitación técnica, acceso a crédito y participación equitativa, la circularidad deja de ser solo innovación industrial y se convierte en innovación social. La pregunta no es solo cómo producir mejor, sino quién participa en esa nueva economía. La circularidad con perspectiva de género puede abrir puertas donde antes solo había muros”. 

En el debate sobre economía circular, suele hablarse de eficiencia de recursos, innovación tecnológica y nuevos modelos de negocio, pero con menor frecuencia se profundiza en su potencial como herramienta de inclusión social. Más allá de la dimensión ambiental, estos esquemas productivos pueden abrir espacios concretos para la participación económica de mujeres, personas dedicadas al cuidado y comunidades en situación de vulnerabilidad.  

Analizar la circularidad desde esta óptica implica preguntarse si realmente está generando oportunidades de ingreso, capacitación y emprendimiento para quienes históricamente han quedado al margen de los beneficios del crecimiento. También supone examinar si estos modelos están diseñados con enfoque territorial y social, o si replican las mismas dinámicas de exclusión bajo una narrativa verde. 

Las oportunidades existen, pero no son automáticas. Dependen de cómo se diseñe la transición. Para muchas mujeres, la principal barrera no es la falta de talento, sino la falta de tiempo y condiciones habilitantes. Por eso, el acceso a cuidados, formación y financiamiento es clave.  

Si la economía circular se acompaña de políticas de capacitación, incentivos a la inclusión y esquemas laborales flexibles, puede convertirse en una herramienta real de movilidad social. Además, formalizar actividades informales de reciclaje o reaprovechamiento puede transformar ingresos precarios en trayectorias de desarrollo. 

La sostenibilidad con propósito no trata de ‘ayudar’, sino de integrar, reconocer y potenciar”. 

Liderazgo con alma: empresa, Estado y sociedad en la construcción de un desarrollo inclusivo 

Para Martha Herrera, el futuro de Nuevo León se construye con coherencia y una acción climática que no deje a nadie atrás. A través de iniciativas como «La Nueva Ruta», el estado busca consolidar un modelo donde el cuidado, la competitividad y la igualdad sean las bases de un desarrollo que verdaderamente perdure. 

Las empresas son protagonistas del desarrollo. La vieja división entre ‘lo económico’ y ‘lo social’ ya no funciona. Hoy, la confianza es el nuevo capital. Las empresas que integran criterios ambientales, sociales y de gobernanza lo hacen porque entienden que la rentabilidad y la inclusión no son opuestas, son complementarias. 

El liderazgo empresarial que necesitamos es un liderazgo con alma: uno que entienda que cuidar también es producir, que incluir también es crecer”. 

Frente a un entorno marcado por fenómenos climáticos cada vez más frecuentes e intensos, la solidez del tejido social se convierte en un factor determinante para la resiliencia colectiva. En este contexto, la acción gubernamental no solo debe centrarse en la atención de emergencias, sino en la construcción de capacidades que permitan a las comunidades anticipar, resistir y recuperarse ante escenarios adversos. Más allá de medidas reactivas, se trata de identificar estrategias integrales que articulen protección social, seguridad alimentaria, sistemas de cuidado y acompañamiento comunitario como pilares de sostenibilidad social. 

Fortalecer el tejido social es una política de sostenibilidad. Con La Nueva Ruta, diseñamos una política de protección social integral que garantiza derechos y construye capacidades. Programas como Hambre Cero Nuevo León y el Sistema Estatal de Cuidados son pilares de resiliencia. Reducir la inseguridad alimentaria y fortalecer los cuidados no solo combate la pobreza, también prepara a las familias para resistir crisis futuras. Sin cuidados no hay igualdad, pero tampoco hay resiliencia.  

Uno de los paraguas más importantes para el acompañamiento a las mujeres de Nuevo León en ese sentido es la iniciativa Ayudamos a las mujeres, que incluye un apoyo al ingreso para cuidadoras, jefas de familia y emprendedoras, apoyo en transporte, descuentos, asesoría y capacitación, apoyo psicológico y atención a violencias entre otras acciones. Una iniciativa única en México que reconoce y acompaña a las mujeres históricamente invisibilizadas, sobre todo aquellas que tenías trabajo no remunerado. 

Además, los centros comunitarios funcionan como espacios de prevención, formación y acompañamiento. En ellos se teje comunidad, y la comunidad es el primer amortiguador ante cualquier crisis”. 

Inmersos en el escenario global de crisis climáticas, tensiones económicas y fracturas sociales persistentes, surge una interrogante de fondo sobre el rumbo del desarrollo. Más allá de los diagnósticos y compromisos públicos, la discusión se centra en si aún existe margen real para reconfigurar el modelo hacia uno que combine crecimiento económico con equidad y sostenibilidad ambiental. Martha Herrera afirma que aún se tiene tiempo para enderezar la ruta:  

Sí, estamos a tiempo, pero el tiempo exige acción. El modelo tradicional ya mostró sus límites. Hoy sabemos que el desarrollo que no incluye, no perdura. Podemos construir un modelo donde la competitividad y la igualdad caminen juntas, donde el cuidado no sea invisible y donde el talento femenino sea la norma, no la excepción. 

El liderazgo con alma —ese que combina visión, coherencia y valentía— es el que puede transformar las estructuras. No debemos heredar un planeta deteriorado ni una sociedad fragmentada. Podemos heredar un Estado que cuide, que incluya, que no discrimine. Nuestras metas deben ser ambiciosas: cero hambre, cero pobreza, cero desigualdad, cero discriminación y cero violencia.  

Estamos a tiempo. Pero el tiempo exige decisión. Y esa decisión se llama liderazgo con alma. El futuro no se construye con discursos, se construye con coherencia. Y la coherencia es la forma más profunda de liderazgo”.

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