Un estudio publicado en la revista de la American Chemical Society confirmó la presencia de residuos químicos utilizados en pantallas electrónicas en el cerebro de delfines y marsopas que habitan el Mar de China Meridional, una región sometida a fuerte presión ambiental.
La investigación documentó la acumulación de monómeros de cristal líquido (LCM), sustancias sintéticas clave en la fabricación de televisores, computadoras y teléfonos inteligentes, en delfines jorobados y marsopas sin aleta del Indo-Pacífico, ambas especies catalogadas en peligro de extinción.
Contaminantes que cruzan la barrera del cerebro
Entre 2007 y 2021, los investigadores analizaron muestras de grasa, músculo, hígado, riñón y tejido cerebral de estos mamíferos marinos. En total, identificaron 62 LCM distintos.
Aunque las mayores concentraciones se registraron en la grasa, el hallazgo más preocupante fue su presencia en el cerebro, lo que confirma que estos compuestos pueden atravesar la barrera hematoencefálica. Según los autores, esta capacidad podría derivar en efectos neurotóxicos.
Además, ensayos de laboratorio demostraron que los cuatro compuestos más detectados alteraron la actividad genética relacionada con la reparación del ADN y la división celular en células de delfín, lo que sugiere posibles consecuencias biológicas de largo plazo.
De la pantalla al océano
Los LCM son sustancias orgánicas sintéticas que permiten controlar el paso de la luz en las pantallas de cristal líquido, logrando imágenes más nítidas y colores más definidos. Su estabilidad química —clave para el funcionamiento de los dispositivos— también los convierte en contaminantes persistentes, ya que no se degradan fácilmente en el ambiente.
El estudio señala que la principal fuente de estos compuestos serían residuos de televisores y computadoras, con menor aporte de teléfonos inteligentes. Cuando los dispositivos se convierten en basura electrónica, los LCM pueden liberarse al aire, al polvo y posteriormente llegar a aguas residuales y ecosistemas costeros.
Una vez en el mar, el proceso continúa a través de la cadena alimentaria: peces e invertebrados absorben las sustancias y, posteriormente, depredadores superiores como los delfines y las marsopas las incorporan al alimentarse de presas contaminadas.
Los investigadores observaron que los niveles de LCM en los animales siguieron la evolución de su uso industrial: aumentaron durante la expansión de las pantallas de cristal líquido y comenzaron a descender tras su sustitución masiva por tecnologías LED. No obstante, la persistencia ambiental de estos compuestos mantiene vigente el riesgo.
¿Existe un riesgo para los humanos?
Aunque el estudio no demostró de forma concluyente un impacto similar en personas, la presencia de estos compuestos en la cadena alimentaria genera inquietud. Los autores advierten que podría existir exposición humana a través del consumo de mariscos contaminados o agua potable proveniente del océano, aunque subrayan la necesidad de contar con pruebas directas antes de establecer conclusiones.
Ante este panorama, los científicos llaman a reforzar tanto las acciones individuales como las regulatorias. Recomiendan prolongar la vida útil de los dispositivos electrónicos, optar por reparaciones y gestionar adecuadamente los residuos. También alertan sobre el auge de la llamada “tecnología rápida”, que incrementa la generación de basura electrónica.
Además, pidieron a las autoridades establecer regulaciones más estrictas sobre el uso de químicos en productos electrónicos y fortalecer la supervisión para prevenir mayores impactos ambientales y riesgos potenciales a la salud pública.
LEE TAMBIÉN: Informe cuestiona beneficios climáticos atribuidos a la IA por su alto consumo energético
