Sostenibilidad, ciencia y participación comunitaria se entrelazan en Campeche para proteger el «carbono azul» y mitigar el cambio climático en el sector de servicios energéticos
Hoy la sostenibilidad ha dejado de ser un complemento corporativo para convertirse en el núcleo de la estrategia operativa de las organizaciones líderes. Grupo Cotemar, empresa mexicana con más de cuatro décadas de trayectoria en la prestación de servicios marítimos y de soporte para la exploración y producción petrolera, es un claro ejemplo de esta evolución.
Su base de operaciones principal se localiza en Ciudad del Carmen, Campeche, una región caracterizada por su inmensa riqueza biológica, pero también por albergar el Área de Protección de Flora y Fauna Laguna de Términos. Este ecosistema, un verdadero santuario natural, impone tanto un privilegio de operación como una enorme responsabilidad de conservación.
Para entender cómo una compañía de servicios energéticos asume la defensa de este territorio, conversamos en exclusiva con dos líderes clave de su estructura: Sonia del Carmen Triana Córdova, Supervisora de Protección Ambiental, y Erika Rodríguez García, Coordinadora de Soporte Operativo. A través de sus testimonios, se revela un modelo integral de restauración ambiental que une rigor científico, alianzas con la autoridad; colaboración con organizaciones de la sociedad civil y una profunda participación de las comunidades locales y de los propios colaboradores de la empresa.

La crisis del manglar y el imperativo del «carbono azul»
La Laguna de Términos es un territorio de vital importancia ecológica, pero se encuentra bajo una presión constante. La pérdida acelerada de cobertura de manglar en el estado de Campeche es un foco rojo motivado por factores antropogénicos y los efectos palpables del cambio climático. El incremento de las temperaturas globales ha propiciado sequías severas que detonan incendios de gran magnitud, consumiendo hectáreas enteras de este ecosistema irremplazable.
La pérdida de manglares no es un problema menor. Estos humedales costeros actúan como colosales sumideros de lo que la ciencia denomina «carbono azul»: la capacidad de capturar dióxido de carbono (CO₂) de la atmósfera a tasas muy superiores a las de las selvas tropicales terrestres y fijarlo a largo plazo en sus suelos fangosos y raíces anaeróbicas.
«La importancia del ecosistema de manglar es que nos ayuda precisamente con el cambio climático. Absorben mucho dióxido de carbono de la atmósfera, que es uno de los gases de efecto invernadero con más potencial calórico. Entonces, el mangle toma este dióxido de carbono de la atmósfera y lo fija en el suelo, lo atrapa. Es una especie muy importante para regular el cambio climático, prevenir inundaciones, protegernos de huracanes en la barrera costera y prevenir la erosión”, explica Sonia del Carmen Triana.
Además de mitigar el calentamiento global, los manglares constituyen la primera línea de defensa física de las comunidades costeras frente a tormentas tropicales e inundaciones; reteniendo la arena de las playas y amortiguando el oleaje en un momento histórico en el que el nivel medio del mar sigue en ascenso.
Voluntad Cotemar: programa Estratégico de biodiversidad
Frente a este escenario, Grupo Cotemar consolida el programa «Voluntad Cotemar», un paraguas institucional que articula sus esfuerzos filantrópicos, de voluntariado y de responsabilidad ambiental. De este programa se desprenden tres ejes estratégicos de biodiversidad definidos: la conservación de tortugas marinas, el resguardo de aves locales y migratorias, y la restauración activa de manglares.
La estrategia de biodiversidad de la compañía no es una iniciativa aislada, sino una red de colaboración institucional. Para la ejecución de sus proyectos en el territorio, Cotemar trabaja estrechamente con la Dirección del Área de Protección de Flora y Fauna Laguna de Términos, dependiente de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), y con la organización de la sociedad civil Vida Circular. Así lo comenta Erika Rodríguez:
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«Dentro de Voluntad Cotemar se tienen varios proyectos de voluntariado que aportan a nuestros tres programas de biodiversidad: manglares, conservación de tortuga marina y aves. Hemos realizado con colaboradores limpiezas de manglar tanto en nuestras instalaciones del Kilómetro 10 como en la comunidad, trabajando de la mano con el Colectivo Isla Verde y la CONANP para cuidar y limpiar nuestro entorno”.
La sinergia de estos actores permite alinear los recursos de la iniciativa privada con los planes de manejo ambiental del gobierno y la agilidad de los grupos ciudadanos, garantizando que cada peso y cada hora de voluntariado invertida correspondan a prioridades reales detectadas por la ciencia de conservación.

Ciencia aplicada: el rescate del Mangle Negro (Avicennia germinans)
Uno de los proyectos más significativos de esta estrategia es la restauración activa de una hectárea de manglar en terrenos ejidales de la comunidad de San Antonio Cárdenas, una zona severamente impactada por incendios forestales previos. En este sitio, tras un análisis técnico conjunto con la CONANP, se determinó enfocar los esfuerzos en la siembra e investigación del mangle negro, una especie catalogada bajo la categoría de protección especial por la Norma Oficial Mexicana NOM-059-SEMARNAT-2010.
La elección de esta especie obedece a un diagnóstico alarmante: el mangle negro está registrando altas tasas de mortalidad en la región de la Laguna de Términos por ser el menos tolerante a la elevación acelerada del nivel del mar, lo que anega permanentemente sus estructuras respiratorias (neumatóforos). A esta debilidad ecológica se suma una plaga combinada, donde un escarabajo ataca los ejemplares vulnerables, abriendo la puerta a una subsecuente infección por hongos que devasta poblaciones enteras.
De acuerdo con Sonia del Carmen Triana, el proyecto en San Antonio Cárdenas no se limita a sembrar árboles y retirarse; consiste en una metodología rigurosa con un horizonte mínimo de monitoreo a cinco años. Durante este periodo, se realizan mediciones periódicas en sitio de variables físicas clave como la salinidad del agua y el suelo, y los niveles de humedad en las marismas, asegurando que las condiciones sigan siendo aptas para la especie.
El proyecto se encuentra en su tercer año de mantenimiento sostenido, y los resultados son sumamente alentadores.
“Se sembraron originalmente 322 plantas, las cuales registran al día de hoy una tasa de sobrevivencia del 95%. Esta excepcional cifra es reflejo directo de la labor de mantenimiento que realiza la propia comunidad local de San Antonio Cárdenas, que ha encontrado en esta iniciativa una valiosa fuente de empleo temporal mediante el pago de jornales para las faenas de control de plagas, fertilización y deshierbe, coordinadas logísticamente por la ONG Vida Circular”, señala Sonia del Carmen.
Saneamiento en el Kilómetro 10.5 y el combate a los microplásticos
Mientras el proyecto en San Antonio Cárdenas se enfoca en la reforestación ejidal y el desarrollo comunitario, Grupo Cotemar implementa un estricto programa de conservación directa «dentro de casa». En sus instalaciones terrestres, ubicadas en el Kilómetro 10.5 de la carretera a Ciudad del Carmen, la compañía resguarda celosamente una porción de humedal que abarca 11 mil 266.41 m2 de manglar protegido.
Esta zona privada, declarada de conservación, sirve como sitio de estudio biológico permanente donde se realizan inventarios continuos de flora y fauna, avistamientos de aves y talleres prácticos de educación ambiental. No obstante, los manglares urbanos e industriales enfrentan un enemigo silencioso pero masivo: la acumulación de residuos plásticos arrastrados por las mareas y el viento.
Para mitigar este problema, el voluntariado corporativo de Cotemar organiza periódicamente campañas intensivas de saneamiento y recolección de desechos sólidos en esta porción de manglar. El objetivo va mucho más allá de la estética visual del paisaje; se trata de una intervención crítica para proteger la salud ecológica y humana de la región.
«La zona del manglar sirve también de guardería para muchas especies de peces comerciales que luego consumimos. Al realizar el saneamiento en estas áreas, sobre todo recuperando una gran cantidad de residuos plásticos, evitamos que el plástico se degrade y se convierta en microplásticos en el ambiente o se fije en el suelo. Al evitar que lleguen al mar, impedimos que lo consuman las especies marinas, ya que ese plástico va migrando a través de toda la cadena trófica.» — Sonia del Carmen Triana Córdova
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Al retirar toneladas de botellas, bolsas y fragmentos plásticos antes de que el sol y la salinidad los fragmenten, los voluntarios de Cotemar interrumpen la cadena de contaminación que introduce polímeros tóxicos en peces, camarones y moluscos que sustentan la economía pesquera y la gastronomía de toda la península de Yucatán.

Esta estrategia se alinea directamente con una tendencia regulatoria y logística que comienza a perfilarse en el panorama nacional: la transformación de los terminales marítimos tradicionales en «Puertos Verdes» o «Puertos Inteligentes». Inspirados en modelos como el puerto de Lázaro Cárdenas, Michoacán —pionero en el país—, estos esquemas buscan que los buques, al estar atracados en muelle, apaguen por completo sus generadores de combustión interna y se conecten directamente a la red eléctrica terrestre de fuentes limpias, eliminando las emisiones locales durante su estancia portuaria.
La cultura ambiental que trasciende los muros de la empresa
Tal vez el aspecto más valioso y difícil de cuantificar del programa «Voluntad Cotemar» sea su impacto en la dimensión humana. Erika Rodríguez y Sonia del Carmen Triana coinciden en que el éxito de cualquier iniciativa ecológica reside en su capacidad para transformar de forma permanente la mentalidad de los individuos, convirtiendo las directrices corporativas en convicciones de vida.
Para Erika, el momento más satisfactorio se presenta cuando el voluntariado abre espacio a las familias de los colaboradores, logrando que las nuevas generaciones comprendan desde la infancia el lazo indisoluble que une a los habitantes de Ciudad del Carmen con el ecosistema que los rodea.
«Somos una isla bastante bendecida por tener tanto manglar y hay que cuidarlo mucho. En las actividades que hacemos con colaboradores y familiares, lo más bonito es ver cómo los niños se ponen a reforestar y a limpiar. A ellos se les queda muy grabado que el manglar nos ayuda a tener una isla protegida de los huracanes. Nos dicen con convicción: ‘los manglares nos protegen’”, indica Erika Rodríguez García
Por su parte, Sonia del Carmen, con más de 22 años de trayectoria profesional dentro de Grupo Cotemar, ha sido testigo excepcional del cambio generacional en la cultura de protección ambiental dentro de la empresa. Lo que comenzó hace décadas como un departamento enfocado estrictamente en la prevención de riesgos y el cumplimiento legal para evitar sanciones administrativas, hoy se ha convertido en una estructura tridimensional que abarca la sostenibilidad global, la responsabilidad social y la excelencia operativa bajo estándares internacionales certificados, como la norma ISO 14001 y los esquemas de auditoría ambiental de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (PROFEPA).
«Vemos que la cultura ambiental cada día está permeando más en los colaboradores, y nuestra intención es que esto no se quede solo aquí adentro por un tema de cumplimiento o reglamento. La gente se está llevando estos hábitos a sus familias y a sus hogares. Un compañero me comentó hace poco que, de verme realizar acciones cotidianas en la oficina, él comenzó a separar sus residuos en su casa. Es ahí donde compruebas que el ejemplo arrastra, y que todos podemos poner un grano de arena”, afirma Sonia del Carmen Triana.
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